• Àlex Gombau - Carrers salvatges (Entrevista)

    Hoy traemos por primera vez en The Soul Brother una entrevista a alguien que no acaba de publicar disco. No es un DJ, no es un MC, pero desprende Hip Hop por todos sus poros. Hemos tenido el placer de charlar con Àlex Gombau, autor de la obra Carrers salvatges (Angle Editorial), una novela ambientada en el Bronx de Nueva York de los años 70 y la actualidad en la que la cultura Hip Hop está presente en cada página. Aunque solamente disponible en catalán por el momento, te invitamos a que te hagas con ella si tienes ocasión, no te decepcionará.

    SB: Eres un traductor renombrado con más de 15 años de trayectoria a tus espaldas y gran cantidad de títulos en tu haber, aunque Carrers salvatges es tu debut como autor. Pero, además, tu vínculo con la cultura Hip Hop viene de largo. Para que nuestros lectores sepan un poco más de ti, ¿quién es Àlex Gombau y cuál es su relación con el Hip Hop?

    AG: Al principio no había nada, todo era oscuridad; y no porque se hubiera ido la luz, sino porque no teníamos referencias, o eran muy escasas. Uno se movía en esto del hip-hop dando palos de ciego, picando de aquí y de allá, requería esfuerzo y dedicación. Recorríamos la ciudad en busca de nuevas piezas de graffiti con la cámara en la mochila (no había redes sociales dónde colgar tus obras); acudíamos a los puntos de encuentro de los breakers para ver nuevos movimientos y trucos de baile (ni Facebook, ni YouTube, ni nada); escuchábamos la radio con la cinta de casete a punto en la minicadena y quizá podíamos grabar algún fragmento de Slick Rick o de Doug E. Fresh de manera inconexa y del todo fuera de contexto, que luego atesorabas como si fuera oro, escuchándolo mil veces; estábamos atentos a los programas de la tele en que pudieran poner alguna sección de baile o de música de la que nos gustaba. Era todo muy lamentable y rudimentario…

    SB: ¿Cuándo se produjo tu primer contacto serio con el Hip Hop?

    AG: Mi primer contacto en serio con el hip-hop original fue en 1985 a través de una exposición en el Institut d’Estudis Nord-americans de Barcelona. Un amigo mío del colegio que estudiaba inglés allí me avisó. Se trataba de unas jornadas con actividades multimedia tituladas Urban Folk Culture USA, colaboraban Henry Chalfant, Gary Bird, George “Lee” Quiñones, etc. Se hicieron conferencias a las que no pude ir, pero sí que visité la exposición con fotos de vagones de metro y de actuaciones de rap en todos esos barrios míticos de NYC, y me miré todos y cada uno de los vídeos que se proyectaban, entre los cuales el de unas chicas afroamericanas jugando al double dutch, el típico salto a la cuerda pero elevado a la enésima potencia (como suele pasar con todo lo «americano»). Me quedé extasiado con su espectacularidad. Durante la visita conocí un chaval negro que vivía en la Zona Franca, un breaker enrollado y de barrio, diferente a la gente con la que me solía relacionar en mi entorno escolar y social más próximo (yo era del Camp de l’Arpa e iba a un cole de curas), y eso te abre la mente y las ganas de encontrar gente con intereses similares. Ya te digo que antes todo era más laborioso y lento. Aquel mismo amigo que me avisó de esta exposición me dijo que tenían un libro en la biblioteca del IEN que me podía interesar: Rap Attack. African Jive to New York Hip-Hop, de David Toop (South End Press, Boston, 1984). Incluso se ofreció a chorizármelo. (Gracias, M. G., por cierto.) Para un chaval de instituto, con recursos precarios o inexistentes, una escapada a Londres, y aún menos a NYC, era impensable; por supuesto, entonces no existía Amazon, pero tampoco se ponían muy duros todavía con las fotocopias de libros. Me contenté con fusilarlo de cabo a rabo. En el texto principalmente encontré numerosas referencias musicales, y también sobre argot y otras expresiones de la cultura hip-hop muy especializadas. Y descubrí todo un mundo nuevo lleno de posibilidades. Ahora ya entendía cómo había surgido Kurtis Blow y su funky rap, que otro compañero de clase me descubrió en su colección de discos. Recuerdo un profe del cole que nos dio un sermón a todos los alumnos sobre no despistarnos en los estudios, que él no sabía de ninguna profesión sobre «seguir grupos ni tendencias musicales». Me pregunto qué diría hoy sobre una profesión como la tuya. Por descontado, mi hermano y yo nos convertimos en unos fanáticos y unos expertos teóricos de esa nueva cultura que estaba naciendo en Barcelona, que resulta que llevaba una década o más de vida en los EE.UU. y que estaba viviendo su decadencia en algunas de sus facetas. Ahora ya podíamos bucear en las tiendas de discos a la caza de determinados nombres. Debo advertir que era muy complicado. A diferencia del heavy metal, del punk, o de los «siniestros» y el new wave, el hip-hop no tenía sección propia. Era música de freakies, y tenías que indagar en las secciones de R&B y similares, o, con suerte, en una genérica «new Black music». Mi hermano y yo nos consagramos al desarrollo del graffiti (que se estaba muriendo al otro lado del charco, como se suele decir) durante unos 6 o 8 años con los nombres de Àlex-316 y Kool (de los TBC, The Bad Crew, porque nos solíamos discutir mucho —como buenos hermanos— durante la ejecución de las piezas). Esa etapa suele tener esa duración y ser la más efervescente de todo joven con ansias artísticas en esta cultura. Luego todo se complica. Llega la edad penal como mayor de edad, tus responsabilidades en los estudios, tus esfuerzos por comenzar una carrera profesional lo más pronto posible… y te acabas distanciando. Tu vida te lleva por otros caminos. Te transformas en un consumidor de hip-hop, más que en un creador. Algo que te lleva a recordar con nostalgia pero no a protagonizar, a diferencia de los die-hards y los que llegan a ser verdaderos grandmasters de su generación, que nunca abandonan. Todo nuestro respeto y cariño por ellos.

    SB: Me gustaría saber cómo se forjó Carrers salvatges, ¿en qué momento decides que quieres dar el salto de traductor a autor? ¿Y cómo te decantas por hacerlo con una novela ambientada en el Bronx de los setenta, cargada de referencias a la cultura Hip Hop y a la sociedad de entonces?

    AG: Mi vuelta a la creación de hip-hop, si se le puede llamar así, fue por casualidades de la vida y también una consecuencia lógica de mi faceta como traductor. Por mis manos han pasado muchos libros, algunos de muy malos. Y, sinceramente, cuando a raíz de la crisis el trabajo empezó a aflojar, me planteé intentar escribir algo mío. Pero sobre algún tema que dominase, de otro modo podría acabar engañando al lector o no cumplir las expectativas que me había fijado. Una de mis aficiones es el surf, y un día volvía de la playa con un amigo italiano que ahora vive en California. Me comentó que era representante de una marca catalana de espráis de pintura, Montana. Yo le dije que de chaval había sido pionero del graffiti en Barcelona y le enumeré algunos nombres de mis compinches de fechorías, entre los cuales el de Kapi, de M2 (Mafia 2). Resulta que este último era su supervisor; el mundo es un pañuelo o responde a esos 6 grados de separación entre personas. A los pocos días se organizaba un taller de pintura de camisetas para niños en el local de Montana de la calle Comerç de Barcelona. Fui con mi hijo y me reencontré con Kapi. Eso me llevó a asistir a alguna de sus actuaciones como DJ en entrenamientos de b-boys y b-girls. Aluciné con el nivel que había hoy día. Hablando, comenzamos un proyecto juntos sobre su historia personal, ya que es todo un personaje que ha tocado todos y cada uno de los palos del hip-hop destacando de forma brillante en su trayectoria profesional. Un día de 2014, documentándome para ese proyecto, vi que aquí había un hilo muy interesante pero que se alejaba mucho de su historia personal. Seguí investigando y poco a poco una novela fue cobrando forma. Me planteé una estructura, unos personajes, qué temas quería explicar a lo largo de los capítulos y, luego, a medida que la fui desarrollando, el relato cobró vida propia y me llevó por senderos que quizá no había planificado del todo pero que se podían adaptar a la trama general. Después se trató de ir amplificando cada idea.


    SB: Ya que mencionas el proceso de documentación para el proyecto, ¿ha habido libros o referencias visuales que te hayan influenciado para la elaboración de Carrers Salvatges?

    AG: A mí me encantaron series como Hill Street Blues (Canción Triste de Hill Street) que se emitía los jueves o los martes por la noche (no recuerdo exactamente) y que veíamos en familia en el sofá; también tenía presentes películas de culto como Taxi Driver, en las que llegabas a intuir la vida en un gueto de los EE.UU. pero sin entrar plenamente en los motivos y el alcance de la degradación. Era una visión de mero espectador, como esos tours turísticos que los suecos organizaban para visitar Harlem en autocar en los años 70. En casa, de pequeño, habíamos visto películas como Popi (Papi), una comedia dramática de Alan Arkin del año 1969 pero que en España se emitió en abierto años más tarde (seguramente después de la muerte de ése de cuyo nombre no quiero acordarme y que tiene una fundación financiada con el dinero de todos los españoles). El protagonista principal es un puertorriqueño viudo y con dos hijos que trata de sobrevivir en NYC y que llega a la conclusión que lo mejor será hacer pasar a sus críos como dos fugitivos cubanos del régimen de Castro para ganarse el favor de los norteamericanos, ya que los puertorriqueños son percibidos como una plaga de vagos y maleantes. En esa peli hay una escena en la que el padre trata de salvar a estos dos hijos preadolescentes, que han sido víctimas de una banda de jóvenes de la calle: les han atracado, les han quitado todo (incluso la ropa) y los han dejado desnudos y atados en un solar abandonado del gueto. Eso me marcó mucho. Me conmocionó, ya que figuraba que era una peli cómica. Pero al mismo tiempo me permitió imaginar la crudeza de la vida en esas barriadas prohibidas, esas don’t go areas que tan bien plasma el título de otra película mítica de 1972, Across 110th Street (traducida al catalán como A l’altra banda del carrer 110). En la década de 1970, los respetables vecinos de Manhattan no debían adentrarse más arriba de esta calle, pues allí vivían elementos indeseables de la sociedad o, cuando menos, poco recomendables. Una fama que se extendió a lo largo de la década siguiente, como retrata la novela La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe, y que incluso se ha perpetuado hasta nuestros días aunque esos barrios se estén aburguesando rápidamente. Entonces, atando cabos, no te queda más remedio que admirarte de que, en un entorno así, surgiera el hip-hop, que se ha extendido por todo el planeta y con gran éxito entre la juventud durante décadas y décadas, reinventándose y tomando más fuerza cada vez. Es un milagro, ya que este fenómeno no se ha dado nunca con tal magnitud en ninguna otra cultura juvenil. Cuando uno profundiza, ve que todo está relacionado, el nivel de degradación de la sociedad, la marginalidad, el abandono de las instituciones, la respuesta de la gente, los problemas que les acechan (drogas, delincuencia, violencia de todo tipo, prostitución)… todo se conflagra para que surja este rayo de esperanza entre jóvenes de raíces muy diversas pero abocados al mismo entorno de destrucción. Yo quería dar voz a todos ellos, a cada uno de los actores (policía, religiosos, activistas sociales, políticos y, por supuesto, a los vecinos y su reacción… niños que ingresan en bandas callejeras para no convertirse en víctimas de estas últimas, padres y vecinos que sufren la agresividad de estas mismas bandas, jóvenes que se hartan de la violencia y buscan nuevas formas de diversión, etc.).

    SB: La trama es ficticia pero se enmarca en un contexto real en el que se entremezclan personajes históricos del Bronx setentero: los Savage Skulls, la Zulu Nation, Grandmaster Flash, Afeni Shakur… ¿Seguiste algún proceso o idea particular para lograr entrelazar los personajes ficticios con los personajes reales dentro de la historia?

    AG: Lo único que me preocupaba era ser lo más fiel a la realidad. Quería meter al lector en pleno lío desde el principio. Quería que tuviese una experiencia similar a la de Carlito. Quería arrancarlo de su entorno habitual e injertarlo en un ambiente hostil y lleno de peligros desde el momento cero. Por eso hay tantos nombres a lo largo de la novela, para crear ese contexto de desorientación en el que todo es nuevo, nadie es lo que parece o, por lo menos, puede representar una amenaza. En ese juego, es necesario recurrir a personajes reales que tuvieron su protagonismo en aquella época en concreto, jefes de bandas, pandilleros, figuras del hip-hop, policías, jefes de departamento, políticos, activistas, etc. Todos ellos ayudan a aportar dosis de realismo. Y la trama te va pidiendo cuáles invocar en cada momento. Es un proceso muy natural. Sólo el coro de personajes principales de la novela es inventado. Además, el ir alternando presente y pasado en dos tramas complementarias me permitía darle más intriga y agilidad al libro. No obstante, lo que más me interesaba era ese aspecto de irrealidad y perplejidad en la que viven algunos de los personajes. Esa sensación de: «¿Cómo es posible que me esté pasando todo esto?»; de ser víctima de las circunstancias y de no tener ningún tipo de control sobre tu vida. Por eso esa reiteración de la imagen de «flotar a la deriva en el frío espacio sideral». Una especie de «Todos flotan aquí abajo», de la novela de Stephen King, It, pero sin componente sobrenatural, sólo los fantasmas interiores de cada uno.


    SB: ¿Cuánto tiempo te llevó dar forma a Carrers Salvatges?

    AG: Llevaba desde 2014 trabajando en este proyecto de novela, comentándoselo a Kapi cada vez que nos veíamos, cuando a principios de 2016 me envía un tráiler de la serie The Get Down. Casi me da un jamacuco. Tanto tiempo pencando en la novela y ahora una serie americana me la pisaría. El mundo se pensaría que me había copiado o que me había apuntado a la moda. Cuando se estrenó, no la quise ni ver. Me dediqué a terminar mi proyecto y a presentarlo a las editoriales. Sólo en Navidad de ese año, después de que me la aceptaran en Angle Editorial, a las dos semanas de entregarles el manuscrito (siempre les agradeceré su gran vista y su comprensión de lo que era este volumen de más de 600 páginas), me permití ver la serie. Y entonces me quedé muy tranquilo, ya que tiraba por caminos muy diferentes a mi novela. Al fin y al cabo la serie no dejaba de ser una versión actualizada de las edulcoradas pelis ochenteras (ésta quizá con más crudeza pero con igual deformación romántica hollywoodiense) de lo que fue aquella época vergonzosa para la sociedad capitalista norteamericana.

    SB: En la novela se habla abiertamente de racismo, de brutalidad policial, de drogas, de políticas insuficientes para ciertos sectores de la población. Todos estos temas parece que siguen más candentes que nunca en la América de Donald Trump. ¿Cómo crees que ha evolucionado la sociedad estadounidense en los barrios populares desde 1971, cuando comienza la acción en el libro, hasta ahora?

    AG: Más que nada se trata del desengaño sobre las políticas del gobierno y de todas sus instituciones y administraciones en relación a las expectativas de las clases más desfavorecidas. Se hace muy poco por integrar estos colectivos al éxito social. Los índices de fracaso escolar, de falta de atención médica y precariedad en las ayudas sociales de todo tipo son escalofriantes aún hoy día. Todavía hay gente que se muere por no tener un sistema de seguridad social adecuado. Acordaos de la muerte de Yellow Benjy (Benjamin Melendez), de los Ghetto Brothers, el pasado 28 de mayo a los 65 años de edad. Hacía un par de años que estaba pendiente de un trasplante de riñón, por lo que tenía una salud precaria. Se cayó y se hizo un corte en el brazo que lo acabó matando. Un revolucionario, consciente de sus raíces judías, que nunca consumió alcohol y que luchó contra el consumo de drogas de sus compays y comays, nunca debió morir por una complicación de salud como ésa. Quizá no habría acabado así si hubiera disfrutado de la cobertura médica que se pueden pagar sus conciudadanos adinerados. Las distintas administraciones sólo se han preocupado de atajar la violencia y la delincuencia, y nunca de atacar la raíz del problema. De mejorar la escolarización de los jóvenes, de invertir en buenas políticas de enseñanza y formación para el éxito profesional. No todos los alumnos son iguales, y en este tipo de entornos seguro que la formación reglada normal no es aplicable. Los estudiantes lidian con problemas demasiado grandes para adaptarse al sistema educativo usual. Todo el mundo lo sabe, pero se persiste en las estructuras antiguas y desfasadas, y no se invierte más en nuevas maneras de enseñar para según qué ambientes. Al mismo tiempo, todos estos jóvenes generalmente no pueden acceder a los estudios superiores, la universidad, por resultar sumamente caro. Y así con todo lo demás. Lo único que preocupa es mantener a salvo al resto de la sociedad, llenar las calles de cámaras de vigilancia, patrullas de policía, etc. Pero los marginados del sistema continúan sin tener salida. Sólo llenan las cárceles. Las madres continúan criando solas a los hijos y se perpetúa ese círculo vicioso de penuria económica, falta de educación y precariedad sanitaria. Probablemente la sociedad estadounidense no ha hecho autocrítica ni justicia por su pasado esclavista. Por eso todavía es una sociedad muy racial en la que se dan este tipo de divisiones.
    Donald Trump es un supremacista, representa la AmeriKKKa más odiosa y rancia. Nada más que añadir ni esperar de él.

    SB: El libro nos permite sumergirnos en el nacimiento de lo que hoy llamamos Hip Hop, con referencias a todas sus vertientes artísticas. En el plano musical, se mencionan muchos nombres, desde Ottis Redding hasta Ice Cube, pasando por James Brown y Willie Colón. ¿Cómo valoras el meteórico crecimiento del Hip Hop desde entonces hasta la época actual, convertida en música de masas?

    AG: El hip-hop ha crecido tanto, que en la actualidad resulta imposible estar al día de todo. Supongo que ha perdido autenticidad, desde luego ha perdido el sentido de la perspectiva. Y parece que la música se haya comido el resto de manifestaciones de esta rica cultura, aunque diría que desde hace unos años el b-boying se está recuperando. ¿Cuántos de los aficionados de hoy en día saben quiénes fueron sus pioneros? ¿Cuántos de ellos son capaces de relacionar a los Panteras Negras, los Young Lords, los Five Percenters y muchas de aquellas bandas callejeras de los años 70 con la herencia del hip-hop? ¿Cuántos de ellos son capaces de identificar los samplings de R&B, de soul y de funk con los temas de rap que los aprovechan y que tanto éxito tienen? ¿Cuántos de ellos son capaces de trazar la línea evolutiva de las diferentes ramas y estilos de baile de esta cultura? Sencillamente, no me atrevo a dar porcentajes. Pero, cuando uno mira los vídeos del concierto de Wattstax del 20 de agosto de 1972 en el Los Angeles Memorial Coliseum, y ve todos aquellos jóvenes haciendo determinados movimientos mientras desfasan con la música de Rufus Thomas, todo encaja. El poppin’ ya se practicaba antes de que el hip-hop propiamente dicho existiera. Los ritmos de la música ya estaban ahí. Las pintas con las cazadoras tejanas y los emblemas de las bandas ya se llevaban desde hacía años. Los Kangol bermuda ya coloreaban las pistas de baile. Aun así, mucha gente ignora todos esos detalles y se quedan con el efectismo, con la superficialidad del fenómeno sin entender el porqué. Eso me preocupa. Es otra faceta de la sociedad consumista en que vivimos. Todo se usa y se tira sin asimilar prácticamente nada. Eso lleva a la banalización y, en último término, a la previsible muerte del prodigio.


    SB: ¿Qué artistas de hoy en día captan tu atención?

    AG: Yo entiendo, con más o menos seguridad, hasta la década de los 90, después del cambio de milenio todo se vuelve más caótico. Demasiados nombres. Me gustan mucho The Roots, pero porque recurren a esas bases rítmicas funk y del R&B, a sus raíces, y lo mezclan con unas letras de rap sugerentes e inspiradoras. Murs también me gusta, Common, Dilated Peoples, Dead Prez,… tienen ese aire reivindicativo que el hip-hop puede difundir de manera tan efectiva. Pero, de verdad, hay mucha gente que hace cosas interesantes. Aquí también, El Chojín es muy grande. En el País Valencià se ha desarrollado un hip-hop con un carácter muy diferenciado y auténtico, donde chicas como Tesa reclaman su sitio entre los grandes. El otro día descubrí a unos chavales, Sam&Sen, que rapean en catalán y que son capaces de improvisar con mucho ingenio. Pero también hay gente que se ha criado medio aquí y medio allá, y que es buena y destaca, Emma Lady-Emz, o sobretodo Pam Saavedra y su alter ego Empedernida, la araucana rebelde que experimenta mucho y transmite carisma en cada tema. Me gusta esa mezcla suya de descaro y fragilidad por un lado, y de reivindicación y desafío por el otro al mismo tiempo. Y no puedo olvidar a los que hacen funk e incluso Góspel, como The Sey Sisters y Funkystep, o Nación Funk, por ejemplo, que la montan tanto arriba como abajo del escenario. En Cataluña se están moviendo muchas cosas, y de gran calidad.

    SB: Si bien la presencia de la cultura Hip Hop es total a lo largo de todo el libro, decir que se trata de un “libro de Hip Hop” sería quedarse corto en mi opinión, pues considero que se trata de una novela histórica plagada de Hip Hop por el marco en el que se desarrolla. ¿Estás de acuerdo?¿Piensas que es una novela que puede leer cualquiera o que solo los más expertos en materia rapera entenderán?

    AG: Creo que mi novela la puede leer un público muy amplio. Es cierto que aquéllos que entiendan de cultura hip-hop pescarán muchos guiños que, para el neófito, pasarán desapercibidos. Pero todo el mundo puede aprender algo nuevo, informarse de detalles que quizá no conocía, como por ejemplo el pasado de la madre del rapero Tupac Shakur y la razón de este nombre tan extraño. Pero, como decía antes, cuando das a conocer los antecedentes, se comprende mejor la historia del hip-hop y sus protagonistas. Dicho esto, quien tenga un mínimo de interés por otras culturas y la forma de vida en otras latitudes y otras épocas, disfrutará con el libro. La edad, el sexo, los orígenes… no tienen ninguna importancia. Todo el mundo se puede meter en la piel de los distintos personajes. A fin de cuentas, no deja de ser una novela de polis con mucha intriga y tensión narrativa. De hecho, me ha felicitado bastante más gente que ni siquiera es del mundo del hip-hop.

    SB: Para todos nuestros lectores castellanoparlantes, ¿hay planes de editar la novela en español?

    AG: Algunos han dicho que me he equivocado de lengua al escribir. Lo dudo. El catalán es la lengua en que mejor me desenvuelvo. Además, esta particularidad me permitía jugar con el spanglish y con esa mezcla de idiomas de los puertorriqueños que viven en el continente. Sin duda es uno de los alicientes de la novela y te ayuda a introducirte mejor en la psique de estos personajes, divididos entre la adaptación a la nueva realidad y la renuncia parcial o total a su cultura, en continuo conflicto con sus orígenes. A los padres les cuesta más aprender el inglés, y los hijos se integran con más facilidad a través de la escuela y los amigos de la calle. Muy curioso, ya que el coste es elevado. Sin embargo me encantaría ver la novela traducida a otros idiomas, evidentemente al español. Incluso me han preguntado si estaba en francés. Lamentablemente, las ventas es lo primero en que se fijan, y el mercado en catalán es muy pequeño. Aunque estoy convencido de que se compraría bastante. La gente quiere saber, y sin ese toque empalagoso que los norteamericanos le suelen meter a todo y que desvirtúa tanto la credibilidad del relato. ¿Tanto miedo les da mirar de cara a los desfavorecidos de su sociedad, que han de teñir siempre este tipo de historias con la factibilidad y la consiguiente realización del sueño americano? Me temo que, muy a menudo, el fracaso es lo que predomina.

    SB: ¿Veremos una segunda parte de Carrers salvatges en el futuro? ¿En qué proyectos estás implicado actualmente?

    AG: Me gustaría escribir una segunda parte de Carrers salvatges, sí, claro. En realidad ya la tengo medio pensada. Pero no son cosas que se hagan en un par de meses. Para escribir, me veo obligado a dejar de traducir, que es con lo que me gano la vida. Durante ese paréntesis temporal pierdo mis contactos, me dejan de llegar encargos y la gente se olvida de mí. Después cuesta mucho recuperar todo eso y con esta primera novela un poco más y naufrago económicamente, ya que no he tenido ingresos. De momento, estoy intentando rehacerme y sacar adelante a mi familia. Ya veremos. Hay cosas que se me han quedado en el tintero y sobre las cuales me gustaría escribir, también relacionadas con el hip-hop, esta vez una década más tarde: mediados de los años 80 y principios de los 90. También me gustaría acabar el proyecto sobre la vida y obra de Kapi. Pero es difícil encontrar tiempo sin hundirme en la miseria. La vida de un traductor es casi de ermitaño y mal remunerada. Enseguida te resientes económicamente si abandonas la rueda. En fin…
    By Nico
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